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Cultura y Entretenimiento

Hotel de Leyendas Victoria, una noche de sensaciones

Roastbrief

Daban las 20:30 hrs. del pasado martes 01 de noviembre cuando ya calaba en la espalda la espera y estremecía la espina por la incertidumbre del recorrido que nos aguardaba en la gran experiencia Victoria.

Ante una fachada tan elegante como emblemática, me invadían los pensamientos de posibles métodos para escapar en caso de que el recorrido superara mis expectativas de una manera tan intensa, que tuviera que fingir un desmayo para obligarme a salir de ahí, así como el recuerdo y anhelo por tener alguna visión como remembranza de La Condesa de Lady Gaga (American Horror Story).

Imagen: Blogspot

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Con un recibidor imponente, con rojos terciopelos, indumentaria e inmobiliario para recrear la enigmática y sensual década de los cuarenta, se nos instó al último atisbo de realidad previo al recorrido, pues una vez pasado el umbral de seguridad y habiendo constatado las políticas de privacidad y seguridad de la noche -así como al habernos despojado de toda pertenencia adicional a las vestiduras-, ya eramos huéspedes potenciales del gran Hotel de Leyendas Victoria, en el que debimos registrarnos y recibir una habitación aleatoria, estas llaves se acompañaban de listones de diferentes colores, los cuales designaban los grupos de exploración y, en consecuente, la leyenda que nos animaría la noche.

Ya bien formados, abrieron los telones para iniciar el recorrido, eramos los del listón blanco los que encabezábamos la fila y, como buenos espectadores, cuando se nos incitó a dar el primer paso para entregarnos a sus maldiciones y locuras, no hubo quien tomara la iniciativa, hasta que mi mejor amiga (con quien afortunadamente fui agrupada) saltó para que al fin avanzara la noche.

Ingresamos a una amplia y oscura estancia, en la que conocimos a los botones del hotel que nos guiarían a lo largo de la experiencia, entre movimientos ágiles -cuales ninjas de oscuridad- narraban la historia del recinto maldito, en el que se sospechaba habían enterrado a un vivo que sellaba con sangre el oráculo del Hotel Victoria. Justo después de ser calados con una introducción de terrores, fuimos separados por pasillos que nos llevarían a nuestro embrujado destino.

Sorteando pasajes con obstáculos que nos hacían reforzar la atención ante la capacidad física para proseguir, así como el intento de mantener una concentración para no ser tomado por sorpresa por alguna de las ánimas que abundaban en las instalaciones, encontramos las escaleras que daban hacia el cuarto de las calderas, mismo en el que nuestro guía presumió había Malinali terminado con su vida al arrancarse los ojos y consumirse ante el fuego después de las atrocidades planeadas en vida por un mal de amores.

El castigo por uno de los crímenes más atroces que puede cometer un padre se sublima a un sufrimiento eterno, al negado descanso de las penas, y a un arrepentimiento tan colérico y vívido como el primer día.

Durante el recorrido, era imposible no embelezarse con los hermosos decorados que ambientaban el hotel, los detalles, los olores y las pistas de audio hacían del recorrido todo un viaje sensorial y, sin duda, las representaciones que presenciábamos en primera fila en cada pasillo visitado aumentaban el espectro de visiones del momento, de supersticiones, de futuros inciertos y pasados que nos esforzábamos por recordar. Ver y sentir la venganza de Malinali por medio de brujería, el rencor propio al haber ahogado a sus hijos y los celos calcinantes al asesinar a quien ahora ocupaba su lugar, alimentaban los sentidos y nos dejaban indefensos a las criaturas que de repente crepitaban en el piso, por las paredes, en los recuerdos.

Llegados a uno de las últimas aristas a visitar, se nos dio oportunidad de un descanso en el bar con bailarines exóticos de una vida aniquilada, con vedettes y scorts de pasos siniestros y miradas premeditadas, de seducciones prohibidas que incitaban a la bajeza de las pasiones, tal como revivir las representaciones del Espectáculo de Horror de Rocky, con un poco de snuff sugerido y aires de siglo pasado. Posterior al breve receso, y al intercambio de miradas sospechosas entre los intérpretes, los guías nos arrancaron de la seguridad del seno vicioso para adentrarnos a los últimos momentos de la noche:

Tomados de la mano los diez ingenuos del grupo, llegamos al pasadizo de las puertas, y al par en par de la primera, nos acercamos a disfrutar la función que nos prometía otro de los botones del Victoria, con la sorpresa de que de los diez que formábamos la fila, solo ingresamos dos (afortunadamente mi amiga y yo… de qué otra forma, si nuestras manos parecían embriones siameses), y a merced de una íntima sala de cine y un telar con imágenes de muertes y gritos de sufrimiento, volteábamos a cada rincón de la habitación para no caer en las trampas del hotel maldito, pero como era de esperarse, aparecieron los muertos justo cuando nos desconcentramos… bueno, La Llorona en persona, con un rostro pálido y acabado por la depresión, asustado, muerto. Y como relámpago, nuestro botones abrió el cuarto para invitarnos a correr por nuestras vidas, a lo cual accedimos obedientes y llegamos a una estancia de descanso, la que culminaba el recorrido y nos daba pie a bajar el ritmo cardíaco.

Fue una aventura emocionante, con dudas y pocas respuestas, con temblores, gritos y manos sudadas de extraños que se volvieron amigos por los minutos que se vivió la misma. Tomando el elevador, y con la duda de si sería éste un nuevo medio para rematar una noche en la que se exigía sangre de leyenda, nos llevamos la sorpresa de la vida al llegar de nuevo a la realidad y dejar el mito a nuestras espaldas. Bajamos en el bar del último piso de la torre para disfrutar de una bebida relajante, música de ambiente, ofrendas que ornamentaban la temporada y una cabina de fotos para llevar el recuerdo, no solo en el pulso, sino en las redes sociales.

 

Fuente: Redacción

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